Es peligroso acostumbrarse a perder, lo que pasó en ese tremendo tobogán que desencadenó la renuncia de Pizzi. Un punto en Tucumán contra un equipo que venía de cinco triunfos consecutivos, que se había acostumbrado a ganar. Las dos costumbres, y un empate.

San Lorenzo jugó un abominable primer tiempo. Tan malo fue que Atlético Tucumán mereció retirarse al descanso con una ventaja más holgada. Muy híbrido lo del equipo de Monárriz, circulación lenta, sin tomar las marcas, dejándose anticipar y perdiendo todas las segundas pelotas. Sin jugar casi al fútbol.

Segundo tiempo un poco mejor, se habrán cansado los tucumanos, habrá dado resultado la charla de Monárriz, sacó fuerzas de algún lado el equipo, vaya uno a saber. El empate de Ángel, y al ratito otra vez el equipo se hunde en un bache. Nos meten el segundo merecidamente, porque se veía venir, porque atrás damos ventajas y arriba no la aguanta nadie. Y de tanto ir el cántaro a la fuente…

Pero el fútbol es una caja de sorpresas. Y tiramos un córner y Blandi cabeceó sin marca alguna en el área de la defensa de un equipo de Zielinski, un verdadero sacrilegio. No quisiera estar en la piel de esos muchachos que dejaron al goleador absolutamente solo, marcando incluso peor que la defensa de San Lorenzo.

Y después de eso, San Lorenzo jugó los mejores ocho minutos del año. Envalentonado el equipo, con confianza por una vez, siendo ofensivo y agresivo. Erramos tres goles, en pies de Blandi (entraba solo Gaich por el medio); Gaich y el pibe Palacios tiró un centro que casi se le cuela por el segundo palo a Luchetti. Son esos partidos en que uno piensa “si duraba 5 minutos más, lo ganábamos”. Y es verdad. Y si duraba 5 minutos más el primer tiempo, lo perdíamos. No se ganó. No se perdió. Un punto, que servirá si San Lorenzo vence a Patronato en la próxima jornada. Un punto. Un punto de partida.

 

Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte relatos cuervos”