Fuimos a Avellaneda con una mano atrás y otra adelante. Con cinco defensores, tres marcadores centrales y nos termina haciendo dos goles el nueve, al que no pudimos tomar en casi toda la noche.

Con un partido que tuvo sus vaivenes pero en el que San Lorenzo no salió a ganar. Lo pudo haber ganado, claro, y lo pudo haber perdido por tres goles con una defensa pesada intentando retroceder en cada contraataque rojo.  Claro que si hubiera entrado el zapatazo de Coloccini o el mano a mano que le taparon a Ángel Romero otra hubiera sido la historia. Pero a la suerte hay que ayudarla. Y no hacemos otra cosa que ayudar al rival, y se viene a tirar Cachila Arias con la mano para regalar ese penal. Así es muy difícil.

El tanque Gaich bajó dos pelotas que fueron dos situaciones de gol y en el instante siguiente, el Dt lo reemplaza. Qué se yo, no necesitamos que se alineen los planetas sino un poco más de lógica acá abajo, en la Tierra, en la conducción del equipo y del fútbol.

El tobogán descendente no sabemos dónde termina. Para destacar, las ganas del pibe Herrera y su determinación para recorrer la banda. Si tan solo tuviéramos un ocho que se la tire al vacío, se cansaría de desbordar. Las ganas de Bruno Pittón también, aunque sea transparente para marcar. Pero los tipos le pusieron algo de empuje, de ganas de no perder, yendo para adelante. Qué se yo. Un poco de Herrera, Pittón. Un poco de Ramírez, de buen pie y rápido para encarar. Un poco de Ángel. Un gol de Oscar. Un poco de Gaich. Un poco de Monárriz. Todos fueron poco. Y quedó claro otra vez ayer, nos falta mucho. Muchísimo. Cada vez más. Y cada vez tenemos menos tiempo. Y menos paciencia.

Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte relatos cuervos”.