San Lorenzo durmió destapado, entre lindos sueños y sobresaltos. Había que hacerlo correr nomás al pibe Herrera, que abre un surco por la derecha con el ímpetu de la juventud y las ganas que transmiten los jóvenes. Le pega con la ojota a veces, retrocede mal, ya lo conocemos. Pero ayer desbordó a lo Cafú para asistir al 9, a Gaich, a su compañero de condición, otro pibe como él aunque lo doble en altura. Curiosamente, San Lorenzo parece crecer desde los pibes. A veces, la frescura te salva más que la experiencia.

Porque atrás, los experimentados centrales la pasaron mal. Defender con cinco, para terminar defendiendo con sólo uno: Torrico. El físico un tanto desgarbado de este hombre, tan poca cosa parece pero tiene esa alquimia y reflejos que curiosamente pueden achicar la enormidad del arco situado a sus espaldas. Jugadas que eran gol y mueren en esos guantes milagreros. Torrico logra el milagro de sorprender atajando, de dejarte en cero el arco en un partido donde te llegaron diez veces. Un maestro en eso de hacer fácil lo difícil. Y de hacer posible lo imposible, como tantas veces y como fue otra vez ayer.

Es que el partido no fue muy distinto en trámite a los que perdimos contra Central Córdoba y Defensa y Justicia. Parece ser facilísimo llegarle a San Lorenzo. Hay que caerle a los centrales, pero también a la línea de tránsito que es el mediocampo para nuestros rivales. Falta alguien que raspe en la mitad, y mirá que tuvimos números cinco que jugando mejor o peor cumplían esa función. Blas Giunta en los 80; Fabián Carrizo en los 90; Michelini en la primera década del siglo; Mercier en la segunda. Alguien que marque, viejo. Y que los otros colaboren.

Si hasta hace poco eran una pesadilla los pelotazos cruzados, ahora nos llegan con pelota detenida y en movimiento, frontalmente o con centros. Un viejo adagio futbolístico repite que se impone el equipo que “gana el medio”. Pero San Lorenzo ayer refutó esa verdad. Ganó sólo porque se impuso en las áreas. Con el 9 y con el 1. Con los Romero jugando lindo fútbol, tirando exquisiteces y dibujando quiebres de cintura. El problema empieza cuando el equipo pierde la pelota. Necesitamos más orden y sacrificio para recuperarla. Porque Torrico, como puntuó Olé hoy, atajó para diez. Pero conseguir el equilibrio implica que el ídolo pueda atajar para cinco o seis puntos de calificación, sin por eso comerse una goleada.

Ganamos temblequeando en el medio y atrás, haciendo equilibrio y no trastabillamos porque nos salvó el arquero. El equilibrio, esa es la cuestión. Lo más difícil en este galimatías del fútbol. Ya no aburrimos tanto como cuando dirigía Almirón, pero hay que tomar recaudos para que no se diviertan con nosotros. Atacar y saber también defender. Seguir trabajando para encontrar el equipo y, por ahora, haciendo equilibrio. Porque el rival también juega. Y en el horizonte, viene River.

Por Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte Relatos Cuervos”.