Es ver el once inicial y saber que todo puede salir mal. Hace un tiempo que nos viene pasando eso a los hinchas de San Lorenzo.

Emulando al gran García Márquez, el clásico con Huracán fue la crónica de un desastre anunciado.
De jugar sin número cinco contra los santiagueños que nos pudieron haber hecho siete goles tranquilamente, a plantar un doble cinco sin número 9 en el Ducó. Menottismo desenfrenado y bilardismo conservador, de una semana a otra. A babor, a estribor, el piloto de la nave ya no sabe qué hacer, completamente desorientado en mar abierto.
Ganar nos ponía en posición expectante, perder nos hace mirar los promedios.

¿En serio creyó Pizzi que el dibujo táctico podía salir bien contra Huracán? Jugar sin 9 con dos punteros abiertos (uno a contrapierna, Fértoli) y manejando la tenencia del balón un alicaído Belluschi. Pongámosle que los punteros hubieran podido desbordar, el centro lo hubiera tenido que cabecear Ángel Romero. Es como, si en el campeón del 2001, el Ingeniero Pellegrini hubiera planificado que los centros del Pipa Estévez fueran cabeceados por el Pipi Romagnoli. ¿Pudo haberse pensado que eso iba a salir bien, cuando hubo dos semanas para planificar este partido?

En el fútbol mundial, algunos equipos juegan o jugaron sin 9. El Barsa de Guardiola, probablemente el mejor equipo de todos los tiempos, jugaba sin referencia de área. Recuerdo al técnico de Santos de Brasil, luego de la goleada 0-4 sufrida (con baile incluido) en la final del Mundial de Clubes 2011. Dijo: “jugamos contra un equipo que tácticamente se paró 4-6-0”. Aquél equipo monopolizaba la pelota y las posiciones eran dinámicas. Había paredes, pases al espacio, dinámica, agresividad, sorpresa, calidad. Todo lo que a este San Lorenzo le falta en cantidades siderales. Casi que cualquiera de los 11 de aquel equipo catalán podía llegar al área y marcar un gol. Ese equipo podía jugar sin 9. El San Lorenzo de Pizzi no, ni el San Lorenzo de Pellegrini, un equipazo, tampoco.

Pizzi habrá imaginado en su micromundo toques, gambetas, pases entrelíneas, llegadas de los laterales y que cualquiera pudiera ingresar al área con pelota dominada. Pero los intérpretes fueron Romero, Belluschi, Fértoli, Cerutti. Bajísimos todos. Los pases, al pie del compañero hacia atrás o lateralizando, sin dinámica, sin agresividad, lo que hizo acordar al malogrado ciclo de Almirón. El Dt rival Apuzzo, se limitó a ordenar una presión alta sobre nuestros centrales, que se vieron obligados a revolearla hacia Ángel Romero, que no pudo aguantar, pivotear ni ganar de arriba. Con ese razonamiento elemental que podía haber hecho cualquier niño de colegio, Apuzzo le ganó el duelo a Pizzi.

Siempre te pueden hacer un gol o dos, pero lo que molesta es lo anunciado del primer gol de Huracán, porque San Lorenzo no podía hacer pie. Después, ellos se limitaron a replegarse y San Lorenzo se vio totalmente expuesto en sus dantescas limitaciones. Los cambios fueron lógicos pero no cambiaron nada. El segundo gol, otra vez tras un córner en que la defensa y el arquero son superados como si fueran principiantes.

Mandar a un pibe, Alexander Díaz, que no venía jugando, a que nos salve las papas. De no estar ni concentrado en partidos anteriores a ingresar, una alternancia alocada del entrenador. Fértoli, de ni concentrar a titular. Buscando respuestas, soluciones desesperadas. La base no está, diría el Bambino Veira. Pensar que Pizzi se quejó en un momento de tener un plantel demasiado largo.

Hoy, parece demasiado corto. Con pocas alternativas y reservas anímicas en baja. Con una lectura desacertada en cada partido, que dan pie al desastre anunciado. Pero habrá que volver a barajar y dar de nuevo. A levantarse muchachos, que esto es San Lorenzo.

Autor Sebastián Giménez. Escritor. Autor del libro “Veinte Relatos Cuervos”.